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Peter Mussfeldt

Peter Mussfeldt:
El alemán que graficó el trópico

Por: Alfredo Gutiérrez

Los bombarderos americanos e ingleses rugieron en su infancia mientras su padre combatía al enemigo en el Frente Noruego. Vivió la adolescencia con su patria ocupada por tropas soviéticas. Comenzó estudios en Dresde y escapó a Occidente para proseguirlos en Dusseldorf. Se relacionó, entre otros grandes artistas, con Pablo Picasso, Josef Beuys y Jean Cocteau. Su destino estaba en Estambul, hasta que el padre de un gran amigo lo invitó a Quito. Allí se convirtió en miembro honorario de una familia de inmigrantes judíos. Posee una inmensa obra que incluye diseños de T-shirts, souvenirs y material utilitario para empresas de México, Australia, Israel y Suecia, tapices para paredes, pinturas y serigrafía. Merecedor de variados premios. Alguna vez expuso sin éxito en Bogotá. Grabados suyos hacen parte de la colección del Museo de Arte de Nueva York y tiene el honor de ser el autor, junto con numerosos trabajos comerciales, del logo del Banco del Pacífico (elegido luego como uno de los diez mejores logos bancarios del mundo). Empresario. Profesor. Creativo. Soñador. Este maestro berlinés de 65 años quien reside en Guayaquil donde dirige el Estudio Versus que fundó años atrás, es hoy la figura más reconocida y amada del diseño gráfico en Ecuador.
A partir de la correspondencia que sostuvo con Alfredo Gutiérrez Borrero, miembro de nuestro consejo editorial, proyectodiseño se complace a continuación en presentar su semblanza:
«Nací de mañana, el 13 de febrero de 1938, en Berlín, Alemania. Mi juicioso hermano mayor tenía un año y yo acabé con la tranquilidad doméstica. Según mamá sólo dejé de gritar para dormir diez semanas seguidas. Por ello no deseaban más bebés. Pero en 1942, papá regresó del frente noruego en sus primeras vacaciones de guerra. Y la lejanía hizo efecto. Nuestra hermana nació en 1943. Entonces ya vivíamos fuera de Berlín, permanecer allí era exponerse a morir en los bombardeos diarios.
»Nos mudamos a una ciudad alejada que tampoco escapó al peligro. Hasta el final de las hostilidades en 1945, dormimos en un sótano, bajo una bañera de zinc que nos protegería si una explosión destrozaba el techo. Al menos eso creía mamá. Cuando las sirenas avisaban el final del ataque aéreo, si era de día, subíamos a contemplar casas despedazadas que luego, como ruinas, fueron nuestros sitios de aventuras. Teníamos 8, 7 y 3 años. La Posguerra nos ahorró incontables jornadas escolares. Las pasamos jugando en los bosques cercanos. Fue inolvidable. Salvo para mamá quien sola en un país devastado, cuidó de nosotros y de la abuela, hasta mucho después de concluido el conflicto (cuando supo que papá vivía aún y era prisionero en Francia).

Juventud
»Recién retomé la escuela varios amigos me ofrecieron pan por hacer sus tareas de dibujo. Acepté debido al hambre. Obtuvieron excelentes calificaciones, todos menos yo que aprobé otras materias pero recibí malas notas con los dibujos hechos a mí nombre. Fue mi primer encuentro con la injusticia.
»Al acabar los años escolares busqué empleo (en Alemania ‘Democrática’ sólo había opciones universitarias para hijos de trabajadores o campesinos). Sufrí muchas negativas deprimentes, debido a mis bajas calificaciones, hasta que la suerte sonrió. Ingresé como aprendiz en una empresa que hacía fotograbados para imprentas y periódicos. Mi sacrificada ocupación se denominaba "Retoque Americano".
»Era una época miserable y sin perspectivas. Apenas con catorce años emprendí el camino laboral. Entre los adultos, apenas recuerdo agradecido a una señora mayor, conocida de mis padres, quien conversó conmigo y observó algunas capacidades. Seguí su consejo y entré a una escuela nocturna para recibir clases de dibujo, lo cual atrajo burlas y desprecio de mis compañeros de trabajo. Continuaba desorientado pero mis noches ya tenían propósito. Los fines de semana iba al campo a bocetear árboles y hojas. Algo empezaba a inquietarme. Gané mi primer concurso de dibujo. Mis irónicos colegas afirmaban que yo quería ser especial. No advertían que siempre lo fui. Con humildad, nunca dejé de abrir puertas.
»Algunos compañeros de escuela nocturna me sugirieron que accediera a una institución superior para estudiar profesionalmente diseño o artes. Con poca vocación y escasa preparación, me tomé un tiempo antes. Apliqué sin éxito a varias escuelas, incluso la de Bellas Artes de Dresde adonde envié mis trabajos allí pero fui rechazado (¡por no ser hijo, supongo, de campesino o de trabajador!). Entretanto, me gradué en "Retoque americano" y viví en las calles el primer levantamiento del pueblo alemán oriental (Junio 17 de 1954) contra la tiranía del gobierno comunista y sus aliados ‘SOVIETS’, que culminó con mayores opresiones. Indignado por la negativa recibida desde Dresde protesté por escrito porque no consideraban mi obra y valoraban los asuntos sociales más que el talento. ¡Nadie respondió!

Dresde
»Pasaron meses. Me hallaba a disgusto en la empresa por su ambiente mediocre, aburrido, y pobre espiritualmente. Nadie tenía un rumbo y el desprecio recaía en mí por querer romper el esquema. Hasta que mamá, muy nerviosa, apareció con una carta... ¡Tenía 24 horas para ir a Dresde y matricularme! Después supe que uno de los 18 seleccionados, entre innumerables postulantes del examen de acceso, había escapado antes de comenzar estudios dejando su cupo libre. Los miembros del Directorio revisaron cientos de carpetas, sin que ningún rechazado llenara las condiciones de admisión. Entonces un profesor recordó mi carta sin contestación. Fue leída y me aceptaron por unanimidad. Todo cambió.
»Mis profesores de la Litografía eran una pareja algo mayor. En los años veinte, siendo Oskar Kokoschka profesor en la Academia, ella, entonces joven, había ayudado a su padre a imprimir algunas litografías de Kokoschka; mucho después, en Ecuador, una de mis más queridas personas me legó una de ellas.
»Como estudiante me obsesionaba querer solucionar con exactitud el tema visual, así que descartaba muchos desarrollos que no me convencían. Cuando expliqué ese problema a nuestro profesor, un tipo muy confiable al que adorábamos, me contestó: "Mira Peter, el arte no es matemática donde existe una solución y tú llegas a ella. Es creatividad maravillosa, hay que encontrar camino al caminar, acéptalo y deja de obstaculizarte desde el principio"... Aún aplico eso en la vida y la profesión. Sin embargo otros maestros en lugar de alentar nuestra creatividad sólo insistieron en que dibujáramos correctamente y me costó años liberarme de esa opresión interior que me hizo descartar soluciones que años luego reconocí como válidas.
»A veces, al ver la obra de Gerhard Richter (también escuela de Dresde) descubro que en sus primeros años en Dusseldorf (se fugó un año después que yo) él también debió librarse de ese realismo que en Alemania Oriental era ‘supuestamente’ para la comprensión de un pueblo asimismo encadenado mentalmente.
»El estudió en Dresde se fundamentaba en el aprendizaje de técnicas con temáticas locales. La obra debía ser figurativa. Desconocíamos otras expresiones debido a la censura sobre la comunicación con el exterior. Allí cursé seis semestres e hice bachillerato. Aprendí grabado, xilografía y litografía. Y, el día que culminé, escapé. La arbitrariedad era asfixiante y sabía que un mundo diferente aguardaba para validar mi decisión. ¡Y lo hizo con creces!

La libertad
»Llegué a Dusseldorf, allí estudié cinco semestres en su Academia de Arte (1959-1962) entonces la más vanguardista de Alemania. El POP ART se abría paso (Josef Beuys era profesor y Gerd Richter estudiante). Novedosas y espectaculares expresiones visuales y happenings transgredían el sentido estético de la sociedad.
»En Dusseldorf, profundicé el grabado, la litografía y, en cursos finales, la escultura (abandoné la parte gráfica por un desacuerdo con un profesor que castigaba la originalidad). En general, los maestros y asistentes nos indicaban cómo perfeccionar diversas técnicas, pero éramos totalmente libres en nuestra expresión creativa. No existían calificaciones. Cada semestre el estudiante recibía un espacio para exhibir su obra. Los profesores visitaban las clases, analizaban los trabajos expuestos y, si era el caso, conferían al alumno su aprobación para proseguir. Un sistema especial, incluso discutible tratándose de creatividad. Tales eran las reglas. Uno decidía hasta cuándo permanecería en la Academia, sin siquiera exámenes finales, y cada periodo debía demostrar el desarrollo de tu talento.
»El primer año éramos diez estudiantes de diferentes partes de Alemania y el extranjero, cada uno con inclinaciones creativas diferentes: diseño gráfico aplicado, escultura, teatro, pintura, fotografía, yo como grabador, litografía y otras técnicas gráficas. De ellos, hoy cuarenta años después muy pocos se mantuvieron en lo que estudiaron. Y en las escuelas de diseño del Ecuador actual es peor, apenas acaban la mayoría de egresados se dedican a otras tareas (un gran tema para analizar).
»Asimismo fui allí amigo de la doctora Ana Klaphek, profesora de Historia de Arte en la Academia y madre del pintor Konrad Klaphek. Incluso, los últimos días antes de viajar al Ecuador viví en su casa, una mujer muy especial. La visité tiempo después, cuando un amigo mío organizó, cerca a Dusseldorf, mi primera exposición de Serigrafía; entonces yo ya llevaba varios años radicado en Ecuador y ella se había convertido en famosa crítica de arte. Tras enseñarle mi obra (la cual le agradó bastante) le pregunte si podría mencionarla en su columna de prensa. Respondió: "Mira, Peter, no escribiré sobre ti ni visitaré tu exposición, porque no puedo reseñar desconocidos, ¡sólo artistas de renombre internacional! Quedé sorprendido y me reí con sus palabras. Ignoraba que en Alemania las reglas fueran tan rígidas, pero acaté su postura. Mi exposición fue un éxito. Un día después, la encontré en la ciudad vieja de Dusseldorf y me pidió que la acompañara a una galería, a lo cual accedí. En el camino averiguó cómo había salido mi exposición. Le dije que había vendido todo antes de abrir. "Sabes, la próxima ocasión en que expongas aquí llámame y te daré todo mi apoyo". A lo cual repliqué en desquite: "Ana, si deseas que exponga otra vez aquí, ¡Llámame tú! Ahora fue ella quien se rió. Nos separamos como amigos.
»En una temporada, trabajé como portero nocturno en un hotel. Aunque pequeño, tenía como ocho pisos. En la madrugadas limpiaba el calzado que dejaban los clientes fuera de la habitaciones. Siempre identificaba los zapatos con papelitos antes de llevarlos al sótano para lustrarlos. Pero la última noche de mi labor, por algún motivo, uno papelito cayó en el lugar equivocado y ya no supe ¿cuál zapato iba en qué habitación? Entonces surgió el impulso creativo malcriado y retiré todos los papeles. Limpié y repartí libremente el calzado por los pisos. Y jamás supe el desenlace, pero imagino que al amanecer todo el mundo fue como loco de arriba abajo en busca de sus zapatos.
»En un concurso entre estudiantes de la Escuela de Diseño de Colonia y la Academia de Arte de Dusseldorf, gané un segundo premio que me ayudó a comprar ropa contra el frío. Viajé con escasos medios. Conocí países y ciudades que sólo había visto en libros.

CONTINUA

 

 

 

 

 

 


Abrazo, 1989-1990

 

 

 

 

 

 

 

 


Logo Banco del Pacífico, 1972.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Logo Banco Popular, 1987

 

 

 

 

 

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