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Proyectodiseño presenta "la versión 2.0"
Alfredo Gutiérrez, un zootecnista bogotano con alma de filósofo
que se enamoró del diseño, es un viejo amigo de proyectodiseño.
Desde los comienzos ha jugado papeles de colaborador, testigo y observador
en la realidad de diseño nacional e internacional que la revista
y sus proyectos paralelos -como esta página web- han ido registrando.
Tras nueve años de docencia universitaria dictando Humanidades
y Medio Ambiente a numerosos cursos de diseño industrial su vida
reciente ha experimentado grandes cambios. Se retiró de la academia
para dedicarse totalmente a sus actividades de consultoria y capacitación
del recurso humano empresarial desde el área de diseño organizacional.
Lo que sí sigue haciendo con la devoción de siempre, es
escribir. Alfredo es uno de esos pensadores inquietos cuyo estilo controvertido
-pero no menos interesante- si bien difícil de precisar, tanto
dentro como fuera del campo del diseño, ofrece nutritivas reflexiones
a los entendidos y a la gente del común sobre el diseño
y sus disciplinas afines con muchos ingredientes extraños fruto
de su diversa fundamentación cultural. Es por eso que proyectodiseño
ve con beneplácito su retorno a este espacio y lanza orgullosamente
la segunda versión de su columna "En Abstracto", una
versión modernizada para adapartarse a las nuevas realidades del
proyecto del mismo nombre que hace más de un año interrumpió
en esta misma página web.
Eso sí, para evitar confusiones, aclaramos a los lectores que
sus textos no representan la voz de la Revista sino la opinión
de Alfredo Gutiérrez sobre diferentes temas y -aunque apoyamos
y patrocinamos el espacio por considerar valiosos sus contenidos- no necesariamente
compartimos sus puntos de vista de los cuales sólo él es
responsable y es por ello que es a él a quien debe dirigirse cualquier
comentario al respecto.
Esperamos que este espacio, que aparecerá semanalmente a partir
de hoy, motive sabrosas y benéficas discusiones para beneficio
general. Disfruten de "En Abstracto versión 2.0".
Graffiti:
la última frontera del arte
Dimensión ecológica de la más levantisca forma
expresiva
Columna 86,
8.11.05
Colombia
Marca-país:
Entre pasión y presión
Columna 85,
16.09.05
¿Agoniza
el embalse de Tominé?
Columna
84, 05.09.05
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Publicado
17.04.06
Popularidad: dañino tesoro
Columna 87 |
Mi
homenaje al único colombiano que ha acariciado el Olimpo de la
perfección en los sondeos de opinión. Ni de lejos, ningún
nacional en la historia patria se ha aproximado tanto como él a
conseguir una imagen favorable del 100% ante el público. Sempiterna
gloria al fabuloso hijo de Antioquia. Loor al insuperable... ¡Jaider
Villa!
Talía y Melpómene, divinas señoras de la comedia
y la tragedia, lo mimaban con sus dones. Era el ungido. El magno. El histrión
anhelado que llevaría la interpretación a su apogeo. La
parodia, el drama y la pantomima le brindarían sus mieles. Lideraría
la actuación del país en las próximas décadas.
Su imperio sobre la caracterización será absoluto,
proclamaban sus enfervorizados creyentes; esos miles de televidentes que,
semana a semana, le otorgaban embelesados una aplastante ventaja en votos
frente a sus rivales de turno (e incrementaban su respaldo con fiereza
si algún analista sensato osaba señalarles la ineptitud
de su campeón). Los anales del espectáculo cantarán
por siglos su épica e implacable victoria sobre Pedro Palacio:
93 contra 7%. Sobresaliente. Memorable. Tanto como anodina fue su carrera
tras el conspicuo reality organizado por RCN. Corrieron los años
y sus adoradores, inmunes al desengaño, aguardan todavía
a que el galán por antonomasia realice cuando menos un digno papel
secundario. A la inversa, el otrora impopular Pedro Palacio es hoy un
promisorio actor.
La epopeya de Jaider sintetiza los oceánicos desaciertos en los
que (con frecuencia) incurre la multitud cuando decide encaprichada con
los eventuales méritos de un individuo. A la hora de elegir, la
popularidad obnubila a las colectividades. Es un baremo traidor y fullero.
Por cada acierto probado, un recorrido histórico a vuelapluma revelará
infinidad de catástrofes. Ahí está para demostrarlo
el drama evangélico en cuatro versiones. Representémonos
a Pilatos, procurador romano de Judea, apareciendo ante los judíos
para informarles: Yo no encuentro delito en este hombre. Pero vosotros
tenéis la tradición de que os libere un condenado en la
pascua. ¿Queréis, pues, que os libere al Rey de los judíos?.
Figurémonos al gentío, encariñado con cierto carismático
malhechor, vociferar haciendo gala de su proverbial cordura: A ese
no. ¡Libéranos a Barrabás!. Tras lo cual, el
episodio cursó ineluctable hacia el amargo epílogo de la
crucifixión.
Curiosamente, otra anécdota algo menos infausta (e incluso
hilarante) prueba lo mismo, e involucra también a un miembro
del clan Pilatos. Todavía sonrío cuando evoco los suspiros
de mis contemporáneas, embaucadas a la sazón por Fabrice
Morvan y el hoy desaparecido Rob Pilatus: aquellos corpulentos morenazos,
integrantes del falsario dúo Milli Vanilli, cuya estampa desleía
a miríadas de señoritas (y de homosexuales) quienes, en
diversas latitudes, escuchaban All or Nothing, Blame It On the Rain,
Girl Im Gonna Miss You y otras exquisitas baladas que los adonis
de ébano simulaban interpretar (y en realidad entonaban individuos
menos apuestos pero con genuino talento musical). A tal grado llegó
el timo que los atezados colosos culminaron, vitoreados y ufanos, como
ganadores del Premio Grammy 1990 al mejor nuevo artista. Sin embargo,
un volantín de la suerte los transformó poco después
en hazmerreíres del universo farandúlico al tener que devolver
su galardón una vez descubierto el embuste (aún creo que
habría sido preferible instituir con ellos la inédita categoría
de mejor falso artista). Eso sí, los cantantes originales
se lanzaron pronto al mercado como The Real Milli Vanilli. Para
fracasar miserablemente.
Mas las cosas no concluyen ahí. Por doquier proliferaron (y proliferan),
para embeleco de las masas, embajadores de la India de mentirijillas y
emperadores desnudos, como el del cuento de Hans Christian Andersen, cuyos
suntuosos trajes son supuestamente invisibles para los idiotas (aun cuando
la realidad es mordaz casi siempre los idiotas resultan ser,
ciertamente, quienes los ven). Sin embargo, ¡ay de los suspicaces
que osen impugnarle a la sociedad su derecho a enamorarse de cuanto espejismo
se le antoje!, porque serán estigmatizados y desacreditados. Y
es que, aunque la democracia sea universalmente esencial, la turbamulta
(término caro al fallecido Alfredo Iriarte para aludir a muchedumbres
frenéticas), es con frecuencia irrazonable y supersticiosa. A raíz
de ello, Ortega y Gasset fustigó la imposición mayoritaria
del número en todos los ordenes existenciales (a la cual denominó
plebeyismo triunfante); y siglo y medio antes que él,
otro notable intelectual, el historiador inglés, Edward Gibbon,
consignó en su Historia de la decadencia y caída del
Imperio Romano que mientras el estado de suspenso escepticismo es
propio de unas pocas mentes inquisitivas, la práctica de la superstición
es tan grata a la multitud que incluso cuando sus miembros son sustraídos
de ella por la fuerza, deploran perder tan placentero estado.
En últimas, la voluntad popular resulta a menudo ser la coz más
que la voz de Dios, pues conjura más desdichas que satisfacciones.
Bien lo sabía ese geíser de epigramas que fue Nicolás
Gómez Dávila cuando en uno de sus escolios sentenció:
El pueblo a veces acierta cuando se asusta; pero siempre se equivoca
cuando se entusiasma. Tal aseveración cobra espeluznante
validez en esta era cosmética donde el particularismo avasalla,
las encuestas son dioses y los encuestadores oráculos. En nuestros
tiempos falaces, el antídoto contra la funesta epidemia de la popularidad
lo encarnan quienes mantienen higiénicas aprensiones ante las tendencias
en boga. Hay que proteger esos patitos feos, pues muchos de ellos son
cisnes de perspicacia. Escucharlos puede salvarnos de nuevos Millis Vanillis,
futuras crucifixiones, y ¡el destino nos proteja! hasta de novelas
protagonizadas por Jaider Villa.
(*) alftecumseh@yahoo.com
Ver más columnas en http://jinetedelaire.blogspot.com/
"En
Abstracto versión 2.0" Es una columna
semanal que compendia el original pensamiento de nuestro colaborador Alfredo
Gutiérrez en diseño y disciplinas afines para disfrute de
todos nuestros lectores diseñadores o no.
Todos los comentarios son bienvenidos en alftecumseh@hotmail.com
o alfenabstracto@hotmail.com
con el subject o asunto de "enabstracto" más el título,
el número o la fecha de la columna que motiva el comentario
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